Una situación procesal tan vaporosa como lacerante, fundamentada más en una hipotética «causa general» impropia de cualquier estado de derecho que en hechos ciertos y concretos, y las irremediables consecuencias que toda injusticia manifiesta acarrea en lo físico y moral al que las sufre, debieran ser, en mi caso, razones suficientes para animarme a permanecer callado y ajeno a todo lo que no tuviera que ver con mis problemas inmediatos.
Pero como la carne es débil y siempre he pretendido, con mayor o menor acierto, o seguramente con ninguno, colaborar con los demás y arrimar el hombro en lo que fuera posible, pues rompo mi cómodo silencio, y me arrojo al ruedo por lo directo y sin «engaño» alguno. Me pregunto: ¿para qué un congreso?
Por lo que sé de antiguo, voy leyendo hasta la fecha, y lo que unos y otros me cuentan, deduzco que un congreso de un partido, y por supuesto del mío, es la reunión mayoritaria de cargos públicos debidamente retribuidos, que previamente lo han pactado casi todo en pequeño comité, y se han repartido el resto de cargos, éstos internos del propio partido, para asegurarse en futuras confrontaciones electorales sus propias nominaciones. Y a estos esforzados de la política les acompañan siempre, arropándoles debidamente, los miembros de su camarilla de estómagos agradecidos, simple aduladores, o meritorios esperanzados de futuro, que son las credenciales únicas y más seguras de la propia fuerza y valía.
Un congreso es un juego floral donde los unos saludan a los otros, y los otros y los unos se aplauden repetidas veces y sin recato por lo bien que lo están haciendo, y, sobre todo, porque terminado el acto y conseguido con total éxito el fin pretendido, el reparto de prebendas, ya no hay que volverse a preocupar hasta dentro de otros cuantos años, en los que volverá a repetirse la misma o parecida escena con idéntica parafernalia.
Un congreso de un partido, y por supuesto el del mío, suele ser muy festivo y gratificante para muchos de sus participes, profesionales de la política, pero también suele ser terriblemente frustrante y lamentable para aquellos, militantes de a pie, que van de buena fe, realmente esperanzados y sintiéndose responsables de su condición de compromisarios independientes, si es que los hay, y con la pretensión de escuchar propuestas, directrices, análisis serios y posibles soluciones a los problemas que pudieran acuciar a la propia comunidad.
En fin, un congreso debiera ser lo que nunca es, y lo que, y es aun peor, a casi nadie le importa que deje de ser para convertirse en lo que debiera ser de verdad: la reunión de ciudadanos comprometidos con los demás y con su entorno cultural y geográfico, aportando lo mejor de cada uno y con la sana intención de rentabilizar su propia valía en provecho de todo ello y no de uno mismo.
Un congreso tendría que ser algo vivo, algo ilusionante, el foro que permita, por supuesto dentro del orden lógico que lo haga útil para el fin pretendido, ser el lugar de expresión de todos los militantes del propio partido que tengan algo que decir. Debiera ser el lugar donde compitan en buena lid todos los interesados en acceder a los cargos para los que fueran aptos, y su promoción se consiguiera con el apoyo no de votos cautivos, sino de votos convencidos, animosos e inteligentes.
He repetido hasta la saciedad que detrás de todo cargo, que es lo de menos, está la carga subsiguiente, y esa carga es la que debe asumir, sin eludir ningún esfuerzo, todo aquél que tenga la sana pretensión de aspirar al cargo citado. Y somos nosotros, ciudadanos de a pie con carné y sin compromisos, los que debiéramos calibrar si las personas propuestas son las adecuadas, y si, además, tienen las aptitudes necesarias para asumir la gestión y dirección de las diversas parcelas de poder y responsabilidad que se encomiendan al propio partido.
Ya llevamos muchos años de experiencia, y casi nunca resolvemos nada de lo que debiéramos resolver ni los unos ni los otros. Incluso se ha ido socavando y destruyendo la posible ilusión que hubiéramos podido tener muchos de los que sólo pretendíamos aportar ideas, propuestas, sentido común y rectitud de intenciones, sin buscar nada a cambio. Pero leído lo leído hasta la fecha, mi pregunta sigue siendo la misma: ¿Para qué un congreso?, y sobre todo ¿para qué la etapa previa al congreso? ¿Quizá para asegurarse el puesto, y después callar? ¿Para amenazar con romper la baraja si no se le garantiza el soñado cargo? Leído lo leído, repito, sólo me queda una esperanza y es, me temo, demasiado débil y remota. La esperanza de que alguien se lo tome en serio de verdad y nos diga en voz alta y ya de una vez por todas qué es lo que somos, qué es lo que queremos hacer, cómo lo vamos a hacer y hasta dónde tendremos que ser capaces de renunciar a lo que somos para conseguir el fin pretendido que es el de regir con seriedad y coherencia nuestra propia comunidad. ¿Flexibilidad?, por supuesto. También asumir como necesarias las adaptaciones y transformaciones que toda sociedad en permanente evolución requiere, sin que implique, necesariamente, desequilibrios y vaivenes incomprensibles que nos desestabilicen de continuo. Tener claro que nuestra vocación es la de convencer sin imposiciones; negociar sin chalaneos; y que es la sociedad civil y el ciudadanito de siempre el que sabe y conoce mejor que nadie cuáles son los problemas inmediatos, las necesidades imperiosas y la realidad de si mismo y de su entorno; y sin que el político de turno, que es simplemente su servidor propuesto y apuntalado por él, deba o pretenda imponerle nada, ni cambiarle a capricho, por mucho derecho divino y ciencia infusa de los que crea estar revestido.
Ojalá el congreso de mi partido no se parezca en casi nada a los congresos anteriores de mi partido. Ojalá se presenten tres o cuatro candidaturas con propuestas serias, razonables y hasta complementarias. Y ojalá sea el sentido común y la capacidad de sacrificio, que se debieran presumir en todos los servidores públicos, los que se pongan de manifiesto a partir de ahora.
Yo mientras, y pido de antemano perdón por mi osadía, seguiré diciendo lo que pienso aquí y en donde me lo permitan, se me escuche o no, y a pesar de saber, cómo ya sé por experiencia propia, que efectivamente Montesquieu ha muerto, como ya nos aseguró en su día un ilustre parlamentario de este país y que, por tanto, siempre puede pasar cualquier cosa sin remisión. Que Dios reparta suerte.
(*) Alberto R. Herrán fue presidente del PP de Calvià.
(**) Publicado en El Mundo/El Día de Baleares el día 18 de abril de 2008