S i las instituciones públicas de este archipiélago a menudo tan malherido en términos patrimoniales hubiesen dispuesto de suficientes reflejos, Mallorca, Menorca, Eivissa y Formentera serían ahora verdaderos espacios llenos de tesoros públicos adquiridos, además, a precio de saldo. Porque si por algo nos caracterizamos los mallorquines, menorquines, ibicencos y formenterenses, es por vender hasta el alma, si falta hace, al mejor postor.
Mientras tales postores no abundaron, las casas, las tierras, las fincas y las almas podían adjudicarse en unas cifras que hoy nos dan risa, y con frecuencia lo hacían. Pero, ¡ay!, al boom turístico que nos dejó ya en buena parte maltrechos le siguió el reboom inmobiliario y, como por arte de ensalmo, el metro cuadrado de sueño o de techo se puso en unas cotas europeas de las que todavía no ha bajado ni bajará.
Hacerse ahora con lo que no supimos comprar en plan institucional hace medio siglo o, al menos, veinticinco años, lleva a que las cifras manejadas hoy den vértigo. Las que corresponden a la adquisición de la finca bien emblemática de Galatzó -nueve millones de euros- lo dan, y más aún si se comparan con las cantidades que se barajaban respecto del precio de la misma finca cuando todavía contábamos de manera oficial en pesetas. La alcaldesa de Calvià de aquel entonces, doña Margarita Nájera, trató ya de cerrar el trato de compra de Galatzó pero no pudo. Ni los dineros de la ecotasa sirvieron para que algo de tanta y tan abrumadora lógica como es dejar en manos públicas esa finca cobrase carta de realidad.
Ahora Galatzó ya es por fin, gracias a una negociaciones que el alcalde actual, don Carlos Delgado, ha conducido con harto secreto y notable éxito, patrimonio de todos. De los vecinos de Calvià y, por extensión, de todos los mallorquines. Pero el tiempo transcurrido hace que la operación de compra llevada a cabo en las circunstancias actuales -porque en otras circunstancias no se puede- vaya a ser vista de dos maneras distintas: como algo que, por fin, se ha hecho y como algo que se ha hecho, sí, pero demasiado tarde, con el resultado de haber tenido que pagar por lo mismo mucho dinero más.
En la medida en que criticar cualquier actuación de un alcalde, conseller o presidente forma parte de los más extendidos rituales de la política cotidiana, la circunstancia de los nueve millones de euros que se han pagado por Galatzó da pie a adentrarse por el territorio de las quejas. No faltarán quienes lo hagan. Pero a mí me parece meridianamente claro que es mucho mejor comprar ahora mismo Galatzó que dejarlo para más adelante. Y no digamos nada ya si la alternativa consiste en que termine en manos privadas, camino de un hotel todo lo de lujo que se quiera pero hotel, al fin y al cabo. Resulta bizantino discutir ahora acerca de lo que pudo haber sucedido comprando antes. Démonos con un canto en los dientes ante el hecho de que, al menos, ha sucedido ahora: dentro de un par de años los nueve millones no habrían bastado.
El episodio sirve para plantear la urgencia que hay de adquirir lo que todavía pueda comprarse entre todos los bienes medioambientales, culturales y, si se me apura, de cualquier otro tipo, que estén disponibles. No hacerlo de inmediato significa situarse en ese "después" que ahora cabe lamentar respecto de Galatzó. Salvo que algún iluso -que los hay- confíe en que los precios terminen bajando.