Delgado o la grandeza de un pequeño gran hombre

EDUARDO INDA

- -Más que por sus grandes logros, que también, los grandes hombres se miden por sus grandes renuncias [Félix Pons a la muerte de Don Juan (1 de abril de 1993)].

Estas 15 palabras brotaron de la boca del que para mí -y para tantos- ha sido el mejor presidente de las Cortes en 28 años largos de democracia: Félix Pons. Realmente es difícil por no decir imposible discurrir una frase mejor para definir el gesto de un hombre que, pudiéndolo haber sido todo, se quedó en casi nada. El sacrificio de Juan de Borbón y Battemberg al ceder los derechos dinásticos a su hijo Don Juan Carlos mató dos pájaros de un tiro: garantizar la pervivencia de la secular institución que llevaba en la sangre y, sobre todo y por encima de todo, evitar que la Transición tomase unos tan inciertos como inquietantes derroteros.

Salvando las obvias y reales distancias, algo de eso ha sucedido con un Carlos Delgado que ha cedido en aras de un bien superior llamado Partido Popular y de ese bien supremo que es Baleares. El que gracias a sus bestias negras se ha convertido en el político de moda ejecutó la cuadratura del círculo al conjugar la ética de la responsabilidad sin necesidad de tener que abjurar de esa ética de los principios que tantos réditos le está proporcionando entre esa gente de la calle que, al fin y al cabo, es la que dicta sentencia cuando toca pasar por las urnas cada cuatro años. Una perogrullada que con harta frecuencia olvidan los políticos que están en el machito, fundamentalmente, porque están rodeados de pelotas que les dicen lo que quieren oír. El carisma de Carlos Delgado ha engordado exponencialmente cada vez que la cúpula del PP le ha minusvalorado, le ha despreciado o ha intentado cargárselo -intentarlo, lo han intentado- por defender la honestidad y no digamos ya cada vez que el imperio del mal Serra-Munar ha disparado a quemarropa contra él.

La talla del pequeño pero matón alcalde ha quedado retratada con la precisión de un Velázquez o un Rembrandt tanto por su batalla por la ética y la estética en ese oscuro objeto del deseo que es Calvià como por los chutes de realpolitik que se ha metido en la recta final de una crisis que amenazaba con anquilosarse. El acuerdo forjado tras cientos de horas de toma y daca le obliga a dar dos pasos hacia atrás diciendo «Diego» donde dijo «digo» y dos hacia adelante haciendo bueno aquello de «¡virgencita, virgencita, que me quede como estoy!». Pues eso, que se queda más o menos como estaba. Con esta entente ¿ cordial e? él se compromete a devolver a los uemeros las competencias que ostentaban antes del thomasaz o y a pactar con ellos todos y cada uno de los puntos que vayan a pleno, vamos, lo obvio entre dos partidos coligados.

El se ha bajado los pantalones pero ha logrado que sus ¿leales? socios hagan lo propio -unos centímetros menos, eso sí- por la vía de devolverle en el plazo de un mes las competencias reintegradas y por la vía de olvidarse de exigirle expresamente que no emplee jamás de los jamases el voto de Joan Thomàs, un JoanThomàs cuyo facilitador talante ha constituido una de las escasas agradables sorpresas de este culebrón. Estamos ante un compromiso que no es la panacea para nadie pero que es bueno o digno para todos porque no hay ni vencedores ni vencidos.

La cláusula secreta, destapada ayer por EL MUNDO, no es sino pragmatismo puro pues es física y metafísicamente imposible que un concejal pueda sacar adelante él solito el 50% del presupuesto y el 60% del poder municipal. Ni el estajanovista Alvarez-Cascos en sus buenos tiempos de general secretario del PP y vicepresidente primero del Gobierno hubiera podido abarcar tanto. Todos ganan con esta letra pequeña del acuerdo: UM se hace la foto recuperando en su imaginación la dignidad que nunca tuvo y Carlos Delgado se mete en el bolsillo un acuerdo de ida y vuelta merced al cual las concejalías regresarán a sus manos en menos de lo que canta un gallo. Eso sí, siempre cabe la posibilidad de que la caprichosa fashion victim de Costitx opte por el infantilismo y nos salga con el enésimo «pues ahora no juego» después de que la noticia que nadie quería que saltase a la luz haya saltado a la luz. Una columpiada táctica de principiante ésa de pretender mantenerla top secret teniendo en cuenta que media cúpula del PP y parte de la otra, todos los mandamases de UM y hasta el bedel del equipo de gobierno de Calvià la conocían. Ya se sabe: «Secretos de dos, secretos de todo Dios».

Ha costado, vaya si ha costado, pero al final Carlos Delgado ha tenido bien presente que para llegar a un acuerdo es requisito sine qua non que ambas partes cedan. No tan claro lo ha tenido esa santísima dualidad Serra-Munar que ha pinchado en hueso con un alcalde al que querrían ver políticamente muerto. Ese era su verdadero objetivo y, les guste o no les guste, que me huelo que no, ni se han llevado el gato al agua ni se lo llevarán jamás. Al final han tenido que tragar con un ponderado, modulado y razonado acuerdo redactado de puño y letra por Jaume Matas que no es sino una demostración fehaciente de que en el punto medio está la virtud.

La nada desinteresada cerrazón exhibida durante estos dos meses menos cinco días por JM y no digamos ya por Maria Antònia Munar y la mano que mece su cuna, Pedro Serra, es inversamente proporcional a la resistencia dialogante de un Carlos Delgado que ha cedido más de lo que le hubiera gustado pero desde luego infinitamente menos de lo que soñaban ellos tres. El alcalde que frustró un pastel de 120 millones de euros llamado Son Massot ha aplicado esa vieja táctica del consenso que tantos réditos nos proporcionó a todos en una Transición, la española, admirada en todo Occidente y envidiada en la interminable lista de países que viven bajo el yugo de la dictadura. El sólido líder del PP calvianer ha tenido in mente en todo momento una frase que le espetó un buen amigo suyo hace una semana a cuenta del callejón sin salida en el que estaba metido por culpa de El Egipcio : «Ten en cuenta, Carlos, que si Adolfo Suárez o Santiago Carrillo no hubieran tirado al baúl de los recuerdos buena parte de su orgullo y una miaja de sus principios, la Transición habría terminado como el rosario de la aurora».

En su resolución ha pesado más su amor al partido que le ha dado todo que ese amor propio del político de raza que es. Ha comprendido que es mejor regatear que ir al choque con el aparato del partido por muy equivocado que esté ese aparato del partido, que para ganar la guerra muchas veces hay que perder o -como es el caso- empatar una batalla, en definitiva, que el que resiste, gana. Mabel Cabrer me lo apuntaba el jueves pasado con la clarividencia propia de una mente privilegiada como la suya: «Por muchas carreteras que hagamos, por mucho que resucitemos el turismo o el bilingüismo, nos iremos a la porra en Baleares si todo salta por los aires en Calvià». Tan cierto es que el electorado castiga inmisericordemente la desunión, los partidos modelo jaula de grillo, como que Jaume Matas nos ha dejado con la boca abierta a todos con una actuación que en momentos clave ha rozado lo suicida al anteponer las exigencias del casi octogenario editor a la ética de Delgado.

Ahora sólo cabe esperar que de una vez y para siempre le entre en la cabeza que el presidente de Baleares no es Pedro Serra sino él y que nos resuelva esa laberinto en forma de Sudoku a la balear que es el factor X . He comenzado por una cita y me despido con otra que leí ayer frente a la tumba de Robert Kennedy en el washingtoniano cementerio de Arlington. «Lo que necesitan los estadounidenses no es división, odio o violencia sino cordura, amor, compasión y unión». Pues eso, que la unión hace la fuerza, pues lo otro, que gobernando tan brillantemente como lo está haciendo JM es del género tonto ir derechito hacia ese abismo en el que le aguardan MAM y El Egipcio para pegarle el empujoncito de gracia.

(*) Publicado en El Mundo - El Día de Baleares el día 25 de septiembre de 2005