S e suele hablar de la rentrée de septiembre, a título de tópico, como forma de referirse el reencuentro con los asuntos políticos aplazados por las vacaciones veraniegas. Pero lo sucedido ayer en Mallorca no puede despacharse con una alusión a la vuelta a los despachos. La tormenta que cierra el verano meteorológico se ha trasladado este año al terreno de la política.
Tres fueron ayer los frentes abiertos, y los tres relacionados con asuntos que coleaban ya antes de que agosto impusiese el cierre de la actividad política oficial. El primero, la dimisión del alcalde de ses Salines, motivada por el asunto de los informes falsificados que intentaron forzar la declaración de interés social para lo que, bajo la apariencia de un club hípico, escondía otras cosas de peor explicación. Fue este diario, por cierto, el que levantó la alfombra de la operación, y no puede decirse que el paso final de ayer sea una noticia sorprendente, toda vez que el alcalde había sido puesto en evidencia por sus propios compañeros de partido político.
La segunda crisis afecta también al Partido Popular y se refiere a la manera como la alcaldesa de Palma, doña Catalina Cirer, ha movido las piezas al unirse, al abandono ya advertido de la concejala Arregui, el de la responsable de la seguridad ciudadana, doña Maite Jiménez. Ambas colaboradoras de la alcaldesa han aludido a razones personales para justificar el abandono de la política y, en la medida en que cualquier ciudadano tiene derecho a que se le respete esa parcela, poco hay que añadir. Excepto que la remodelación todavía mayor en el ayuntamiento de Palma, que fue apuntando como rumor durante el verano, se ha quedado en nada.
El tercero de los movimientos de ayer, a la manera de terremotos en la política local, sigue en terrenos de los populares. Pero no en solitario. Su importancia es, además, muy superior. La decisión del Partido Popular de zanjar la crisis de Calvià manteniendo el pacto con Unió Mallorquina y forzando, en consecuencia, al alcalde don Carlos Delgado a expulsar al tránsfuga es una noticia de las que dejan huella histórica.
Se trata de la primera vez, que yo recuerde, en que un episodio de transfuguismo se zanja -o se intenta zanjar, al menos- echando a los pies de los caballos a quien traiciona a su partido. Habrá quien piense que no es la de la ética la razón que lleva a pedir el cese del concejal de Unió Mallorquina desleal pero, para el caso, poco importa. Más allá de los motivos profundos están las formas y en ese terreno el PP intenta ir por los cauces más razonables.
Una cosa diferente es que lo consiga. Aunque el presidente Matas justificó ayer la ausencia de Delgado del comité ejecutivo regional que tomó esa decisión de tanto peso en contra de lo que el propio alcalde de Calvià había sostenido -el mantenimiento del tránsfuga en sus funciones de gobierno- está por ver cuál será la salida final que toma el dirigente popular del ayuntamiento.
Si Delgado acata las órdenes de su partido, no parece que haya de hacerlo de buena gana. Pero en ese caso la pelota del mantenimiento del pacto de Calvià quedaría en el tejado de Unió Mallorquina, partido que lleva meses planteando sus diferencias con el PP y buscando un rendimiento político de la confrontación. El sacrificio del criterio del alcalde puede ser una excelente baza política para el Partido Popular no sólo en Calvià sino en todo el archipiélago.
(*) Publicado en el Diario de Mallorca el dia 3 de septiembre de 2005