ANTONIO TARABINI
Queda escasamente una semana para que se levante la veda de los raor. Mientras espero, dedicándome a la pesca y captura de los roquers, voy leyendo con fruición malsana los acontecimientos del municipio de Calvià, viejo conocido mío. Y, en mis ardores estivales de pleno agosto, visto lo visto y leído lo leído, comienzo a pensar que los tránsfugas no existen y que se reducen a invenciones de cuatro periodistas en busca de la noticia.
Digo lo que digo porque veo que existen opiniones que consideran al susodicho personaje de Calvià como un dechado de valores, toda vez que actuó en función de sus convicciones y no al mandato de su organización política. Según tales sesudos analistas sólo es tránsfuga el que abandona la organización política bajo cuyas siglas se presentó a las elecciones para pasarse con armas y bagajes a otro partido. La conclusión es fácil: el hasta ahora desconocido concejal de Calvià no es un tránsfuga a pesar de haber abandonado UM, porque no ha pasado al PP al quedarse en el grupo mixto. Siguiendo tal raciocinio el denominado señor Tamayo, y su comadre cuyo nombre no consigo recordar, tampoco fueron tránsfugas porque no se dieron de alta en otro partido, a pesar de que cambiaron el sentido del voto popular impidiendo que Simancas fuera presidente de la Comunidad de Madrid. Por cierto, ¿qué se habrá hecho de tales personajes? Es muy posible que piensen: "ande yo caliente, y ríase la gente".
Como no tengo a mano un diccionario de la Real Academia, y menos el pacto antitransfuguismo que según parece firmaron los partidos políticos, tendré que acudir al menos fiable de los sentidos: el sentido común. Se me ocurren dos realidades verbalmente análogas. Los transexuales y los transvases. En ambos casos implica un cambio radical. Sea un cambio de sexo, sea pasar un caudal de agua a otra cuenca hidrográfica. Pero, a veces, el sexo se convierte en puterío y prostitución, y los caudales transferidos en lugar de ser acuosos se convierten en bienes tangibles donde el receptor tiende a abrir sus bolsillos.
En política también existe el sexo, más allá del ligue de turno. El sexo es pasión y gustirrinín, y la política también. Yo soy de aquellos que todavía creemos que la mayoría de las personas, hombres y mujeres, que dedican años a la política lo hacen empujados fundamentalmente por una cierta vocación de servicio público, desde un determinado posicionamiento ideológico. Pero, como no los considero unos santos radicales, también me vale como motivo a tal dedicación una cierta vocación a la relevancia pública y protagonismo social. Por ambas cosas, el político experimenta placer: le apasiona lo que hace (o pretende hacer) y experimenta un muy satisfactorio gustillo al ejercitar su poder. El transexual político es el que cambia las tornas: le apasiona el ejercicio del poder y lo que puede obtener de él en bienes más o menos tangibles, y experimenta placer incontenido e incontenible en el usufructo presente y/o futuro de tales réditos. Curiosamente, casi de modo inevitable, el transfuguismo sexual político suele darse con asuntos referidos a urbanismo.
Los transvases hidrológicos, basta ver lo ocurrido con el cambio del Plan Hidrológico Nacional, tienden a provocar iras y luchas entre individuos, familias y comunidades. Imagínense lo que ocurre cuando se trata de transvases urbanísticos. Cada milímetro que traslada el rotulador del planificador urbanístico, puede suponer largos millones de euros para alguien con nombre y apellidos. La tendencia, por los hechos me guío, parece ser el reconvertir el transvase urbanístico en transvase de caudales de bienes más o menos tangibles hacia determinados responsables de manejar el rotulador o las normas. No siempre, pero en muchos casos esta técnica ha dado sus frutos. Calvià no ha sido excepción, y yo he sido testigo de ello. ¿Puede haberse producido tal tipo de transvase de caudales en los últimos acontecimientos de Calvià? Pruebas, de momento, no las hay. Pero no puede negarse que algo huele a podrido.
En cualquier caso, sí hay tránsfugas políticos. Lo que resulta evidente es que el ya famoso ex concejal de UM, ahora del grupo mixto, es un perfecto tránsfuga porque de algún modo ha interferido a nivel individual en un asunto de relevancia urbanística. Si no lo fuera y actuara en conciencia, haría la pertinente denuncia pública pero también abandonaría su escaño. Cosa que no ha hecho
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