La zona boscosa que envuelve el cada día más degradado Fortín de Illetes es un auténtico pulmón verde de hermosísimas vistas y acosado por los núcleos urbanos en expansión de Bendinat e Illetes, lo que la convierte en una tentación irresistible para la depredación urbanística. Dada la circunstancia de su compra hace dos años por una sociedad inversora británica, lo único que podría tranquilizar a la ciudadanía sobre su evidente futuro sería una declaración pública del alcalde de Calvià, en sintonía con el precedente proteccionista sentado con Son Massot, comprometiéndose a no recalificar estos excitantes y provocadores terrenos. Tendría, sin embargo, que volver a creer en los ángeles para convencerme de que alguien, incluso con sobredosis de flema inglesa, invierte una auténtica fortuna en un privilegiado balcón sobre la bahía de Palma sin otra intención que no sea pasear el perro o buscar espárragos; porque pocas cosas más pueden hacerse en este pequeño paraíso con su actual calificación urbanística de suelo rústico de interés forestal. A pesar de ello, insisto, en junio del 2003 se desembolsaron oficialmente casi cuatro millones de euros por la posesión de 180.000 m2 de pinar en los que no se puede mover una piedra y menos para edificar viviendas. Si se ha pagado este dinero (así sería un regalo) para darse otro delirante festín de cemento, asfalto y baldosas, la ciudadanía tiene derecho a saberlo, aunque sólo sea para constatar resignadamente, una vez más, que la obsesión por un suicida afán de lucro especulativo es el motor que mueve esta isla.
No es baladí lo que realmente aquí se ventila. Va más allá de un asuntillo local sobre el futuro de un pinar -cuando, además, es sabido que la vocación natural del pinar mallorquín es su promoción inmobiliaria-, es la esencia misma del sistema democrático la que está en juego, es la confianza de la ciudadanía en sus representantes públicos. Si no se está en condiciones de poder garantizar que lo que hoy es un bosque de pinos no será mañana un bosque de grúas, seguiremos alimentando, a pesar del amparo legal de una comprometida recalificación, esa terrible sospecha que albergamos muchos ciudadanos: que en las decisiones de nuestros políticos puedan llegar a pesar más las presiones bajo mesa de sociedades mercantiles que el mandato democrático en la urna de las sociedades soberanas que los pusieron provisionalmente en el poder.
A contracorriente de una opinión tristemente extendida soy de los que entienden la política como una de las actividades más dignas y honorables que puede desempeñar el ser humano. El origen y destino de la sentencia de bar "todos los políticos son iguales" no es otro que la caverna. Al respecto cabría recordar que en su origen griego la palabra idiota se refería a la persona que se desentendía de los asuntos públicos, que iba a su bola y pasaba de la política. Por ello, contribuir con la opacidad y la sospecha desde el poder a la desafección de la ciudadanía hacia la res pública es asumir uno de esos riegos que carcomen los fundamentos de la democracia.
Sería mucho pedir, señor Delgado, que la sociedad electoral que le confió la alcaldía tuviera acceso a la misma información urbanística que seguramente dispone la sociedad mercantil que adquirió los terrenos del Fortín de Illetes. Sea su destino el previsible o el deseable, el motivado por el compromiso privado o por el interés general, aún intuyéndolo, considero que los vecinos de Calvià son merecedores de un inusual y ejemplarizador gesto de transparencia. Habiendo demostrado que no le arredra el precio de la honradez, le pregunto señor alcalde: ¿se aprovechará la actual revisión del Plan General para recalificar estos terrenos en beneficio exclusivo de sus propietarios?
(*) Publicado en el Diario de Mallorca el día 31 de marzo de 2005