No vale todo


por Antonio Manchado Lozano, portavoz socialista en el Ayuntamientode Calvià(*)

L a generación del escándalo fácil, tensar el ambiente superando todos los límites, en definitiva, crispar la vida política empieza ya a ser una triste costumbre en la estrategia de algunos "políticos" que no encuentran desde el debate propositivo político normal la fórmula para ganar elecciones. Cuanto más se retrasa la alternancia del perseguido gobierno, más se sobrepasan los límites de lo soportable, especialmente, cuando hay evidentes intereses económicos detrás, "interesados", que acaban perdiendo la paciencia y ponen entonces en marcha "soluciones finales" para acabar con sus problemas.

La crispación en la vida política de Calvià llegó de la mano de quien es hoy el alcalde, Carlos Delgado. Ya pocos contradicen esta afirmación, ni siquiera entre las filas del propio partido popular, que han tenido que "convencer" al crispador de que mantuviera silencio durante un tiempo, hasta reparar el más que tocado pacto de gobernabilidad con UM, victima también de sus malas formas y carácter.

Hace unos días, alguien me comentaba que pocas personas en el mundo de la política podrían haber aguantado lo que ha soportado Margarita Nájera, y lo que está soportando aún, y yo añado, que pocas personas en este mundo, el de la política, son capaces de presentar el comportamiento ruin que impera en el PP de Calvià, liderado por el señor Delgado, cuyos antepasados nobles, en mi opinión, no le legaron precisamente nobleza. Lo sucedido con la anterior alcaldesa de Calvià ha sido el ejemplo más traumático y extremo de lo que significa acosar y derribar al contrincante político, precisamente, sin armas políticas.

Todavía recuerdo hasta donde llegaba la hipocresía del crispador, que cuando se le acusaba de haber puesto de moda la querella fácil, de ametrallar con denuncias sin fundamentos, él repetía que no era así, que él solamente ponía en conocimiento del fiscal jefe de Balears, no de la fiscalía, detalle importante, determinados hechos o comportamientos por si podían ser delictivos o indiciarios de delito, y que era éste, el fiscal jefe, el que tramitaba la denuncia, con lo que el abogado Delgado pretendía aparecer como el ciudadano responsable que controlaba los desmanes del poder. Bien, ese argumento se cae por su propio peso cuando ahora, que los fiscales, no el fiscal jefe, nuevo detalle importante, y los jueces, sobre todo éstos, sentencian que no hay indicios de delito alguno, en absoluto y en ninguna de las denuncias que el abogado Delgado interponía; ahora que, en fin, el ciudadano Delgado, el riguroso, constata que sus denuncias no eran fundadas, ahora decide recurrir las sentencias de archivo de los hechos denunciados. Es decir, quien antes denunciaba "por si acaso?", ahora que le dicen que no hay lugar a la sospecha, recurre "por no compartir las sentencias". Ergo, antes no eran denuncias inocentes, sino interesadas y partidarias.

El señor Delgado no tuvo nunca un interés lícito cuando denunciaba a la señora Nájera. No es cierto que lo hiciera creyendo, de buena fe, que había indicios de culpabilidad dolosa en los actos de gobierno de la ex alcaldesa de Calvià. No es verdad que quisiera aclarar aspectos concretos de legalidad. Es falso que, una vez siendo alcalde, tuviese la necesidad de sacar a la luz determinados gastos hechos durante el anterior mandato, no por la señora Nájera, sino por todo su equipo, para determinar su idoneidad. Todo lo hizo, antes y después de llegar a la alcaldía, con el único y absoluto objetivo de desprestigiar y manchar el buen nombre de una persona, y de un partido.

Todo valía para acabar con la oposición a sus intereses e "interesados", tanto, que en ningún momento se tuvieron en consideración los efectos colaterales de esa estrategia. No se valoró el daño físico y moral que ha hecho esa cruel manera de ejercer y entender la política, a la persona, Margarita, a su entorno personal, familiar, a sus amigos, al entorno político-profesional, las empresas con las que trabaja y el partido al que pertenece.

El efecto personal, el más dañino, a sus hijos, sus padres, sus amigos y ella misma, teniendo que soportar una campaña mediática, amplificadora de los actos del señor Delgado, que cada mañana podía poner en circulación un bulo diferente, una patraña mayor que la del día anterior, una nueva manipulación. El crispador consiguió los comentarios en la calle, que escuchaban sus familiares y amigos a los que el asunto lógicamente desquiciaba. Ese "miente que algo queda" tenía efectos demoledores.

¿Y en lo político y profesional?, la etiqueta que las denuncias falsas ha puesto sobre una persona de las más capaces y carismáticas del mundo político balear es de las más difíciles de quitar: la corrupción es la falta menos perdonada por la sociedad, así debe ser, sobre todo si se trata de una política socialista y eso lo sabe Delgado. Y porque lo sabe, no trata de interponer recursos contencioso-administrativos, que es lo adecuado cuando se cuestiona un contrato mal hecho, sino que, conocedor del mundo jurídico, pone querellas criminales por malversación o prevaricación o cohecho, delitos que la gente no sabe muy bien lo que son, pero que, siempre hay algún periodista interesado o tertuliano habilidoso y remunerado, que lo traduce al lenguaje de la calle, como corrupción. Después de esa campaña, queda en la calle un poso de suciedad en las miradas, y sólo cuando el calvario llega a su fin, es cuando los que pueden contratarte para ejercer de economista, como por ejemplo es Nájera, o los que conocen tus aptitudes para ocupar un cargo político, se atreven a proponerte para el mismo. Si no lo hacen antes, es normal, no es porque no confíen en tu capacidad u honradez, sino porque en el mundo actual, dominado sobre todo por las imágenes, la pública de cada uno de nosotros es, casi, nuestro principal activo, y eso es lo que Delgado y la gente como él ha querido dañar y destruir.

No se trataba de acabar con una política de corruptelas, ni de lavar la imagen del ayuntamiento de Calvià, sino precisamente de lo contrario, de ensuciarla con una campaña de imagen negativa que acabara con el carisma de una líder, de una persona que significaba un obstáculo para las aspiraciones de Delgado y algunos antiguos "interesados" en Calvià. Las mentiras buscaban provocar un efecto en los medios de comunicación y lo consiguieron. No quiero entrar hoy a juzgar si alguien, en aquel entonces, más allá de los que estábamos directamente implicados o los muy cercanos a nosotros, fue capaz de ver cual era la maniobra ruin y no se atrevió a denunciarla o, también, cayó en la tentación errónea del "si comentan es que algo hay...". Pero sí diré que eché de menos, entre los políticos, incluso entre los de nuestro partido y entre los medios de comunicación, algo de coraje, comprensión y apoyo.

Capítulo aparte merece también la conducta del socio de gobierno del PP en Calvià. A los concejales de UM no se les ve demasiado preocupados cuando dicen que no apoyan la judicialización de la vida política, mientras apoyan al que en nuestras islas es el máximo exponente de ello. La coherencia les obligaría a actuar de manera distinta a como lo están haciendo, pero no parece que el archivo de todas y cada una de la querellas merme su capacidad de aguante, aunque sea tapándose la nariz. Un castizo diría que lo solucionan mirando para Cartagena. En mi opinión, esa actitud laxa, muy en la línea UM, en cualquiera de los escenarios en los que ha actuado en la política mallorquina, hoy y siempre, se les volverá en contra algún día, y quien sabe si será en Calvià y ahora. De lo que no parece caber duda es de la fagocitación electoral que el pacto con el PP les está suponiendo.

Confío en que al final, Delgado, los "interesados" y su estrategia de la crispación y la mentira, no consigan sus objetivos y que la alcaldía les dure menos de lo previsto. En cualquier caso, en mi opinión, los políticos de estas islas deberíamos blindarnos contra los intrusos como Delgado; los que creemos que hacer política significa intentar gobernar para cambiar la sociedad hacia el modelo en el que creemos (cada cual el suyo) seamos del partido que seamos, deberíamos llegar a un gran pacto para erradicar las prácticas espúreas de la judicialización interesada y mezquina de la vida política. Consentir que alguien como Delgado, indigno de ser alcalde de cualquier pueblo, pueda repetir su estrategia contra un adversario político, es el error más grande que podemos cometer. Dejar que cualquiera de nuestro partido (o de cualquier otro) lo haga, convierte a los que lo consienten en cómplices de una maniobra infausta, que tarde o temprano se volverá contra todos nosotros.

Pero no quiero terminar sin ser positivo, sin pensar que las personas que lean este artículo desean algo más que análisis o historia. Yo propongo un gran acuerdo público entre todos los partidos de nuestras islas, como el que se consiguió contra el transfuguismo, para que estos comportamientos se eviten en el futuro, para que nadie, partidos políticos, medios de comunicación o ciudadanos con intereses, puedan alentar y financiar campañas como la que he estado analizando. Margarita Nájera debe ser la última victima, nadie nunca más debería pasar por lo que ha pasado ella. Sólo así estaremos a salvo de nosotros mismos, o mejor dicho, de aquellos que como un Delgado sin escrúpulos, se han colado entre nosotros y han crispado y ensuciado la vida política de Calvià. La sociedad y los políticos, la gente y los partidos tienen que saberlo, tienen que entenderlo y aceptar que en política, como en la vida, no vale todo.

(*) Publicado en la sección "Opinión" del Diario de Mallorca, 13-2-2005

 

 
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