El Dilema de Delgado: O Etica O Poder (*)
El próximo lunes es cuando se debatirá la aprobación definitiva del Plan Territorial, pero no solamente se sustanciará esta cuestión concreta, sino algo más: la catadura moral de nuestra clase política tras las revelaciones que ha efectuado EL MUNDO sobre la recalificación urbanística de Son Massot. Y es que este caso es la anécdota que ha pasado a constituirse en categoría de la probidad ética de una sociedad y de una clase política, lo que de verdad importa. Dicho con otras palabras: no es el Plan Territorial el sujeto central sino lo que ha ocurrido en torno al Plan Territorial.
A la vista de las reacciones de la oposición ante este fenomenal escándalo, no parece que los tiros vayan a ir por ahí. Como en el caso Es Baluard , la vista se dirige hacia otro lado y la crítica -la del PSOE, la de los ecologistas, la del PSM, la de todos- se mantiene a niveles generales y de grandilocuentes declaraciones de principios. Es una forma de cerrar los ojos -y las conciencias- ante la cara más fea de la política.
Porque lo que está revoloteando alrededor del Plan Territorial son negocios sucios. Y es sobre estos negocios sucios que la oposición y cualquier representante de la ciudadanía debe inquirir en el próximo pleno del Consell de Mallorca. Sería inconcebible que, en este Pleno, no se aclarara por qué Munar ha introducido, casi con nocturnidad, una recalificación que, ni urbanística ni medioambientalmente, se tiene en pie. Sería inconcebible que se obviara este escándalo especulativo que otorga, instantáneamente, unas plusvalías de 36 millones de euros y que pasa por permitir construir 395 viviendas valoradas en 120 millones. Sería intolerable que no se investigase y aclarase el itinerario revelador de opciones de compras vinculadas con esta recalificación. Sería inadmisible que no se preguntara a Munar por qué convoca una comida para tratar este tema, por qué se erige en defensora de los intereses particulares de un señor privado, el yernísimo de Serra, y por qué presiona al alcalde de Calvià. Si todas estas cuestiones no se sustancian en el Pleno significará que nuestra clase política -toda- está a la misma altura ética de los que han perpetrado esta ordalía.
Para colmo, y en todo un itinerario de repugnantes despropósitos, se residencia en el alcalde de Calvià la máxima responsabilidad que es de Munar y de los que tienen capacidad de ordenar a Munar lo que tiene que hacer. Es cierto que al alcalde de Calvià -el único que se ha opuesto, en primera instancia, a la recalificación- le queda la opción numantina de la resistencia o la opción de la dimisión para no prestarse a una ignominia. Y también es cierto que la política es el arte de lo posible y que al entrar en conflicto dos hipótesis negativas -la ruptura de hecho del pacto PP-UM o la aprobación de la recalificación rebajada y edulcorada- se opte por esta última. Es, en definitiva, un dilema entre la ética y la política.
(*) Editorial de El Mundo/El Día de Baleares, 10-12-2004
|
|---|